En nuestro país cada día se hace una práctica más común el chantaje, la extorsión y la invasión de la privacidad por medio de la utilización de diversas aplicaciones tecnológicas para dar seguimiento, monitorear, interceptar y escuchar conversaciones privadas de las personas. En una práctica llevada a cabo por un puñado de personas que han adquirido equipos generalmente de tecnología israelí que muy fácilmente, si se dispone de los recursos económicos, pueden comprarse con el propósito de monitorear centrales telefónicas a distancia, celulares y en los casos más costosos y complejos, conectarse directamente a las compañías telefónicas, que son víctimas de la falta de institucionalidad del país, pues los organismos e instituciones policiales, militares y judiciales han sido permeadas por el tráfico de influencia, la corrupción y la complicidad. Permitiendo que se otorguen autorizaciones oficiales para interconectar equipos que en vez de estar al servicio de la seguridad nacional, se han dedicado a violentar la privacidad, y lo que interesa no es identificar el delito, sino más bien apoyar el mismo y conocer vínculos amatorios, discusiones maritales y un conjunto de elementos propios de la vida privada.

La descomposición ha llegado a un grado tal que una práctica que debería ser exclusivamente incumbencia del Estado dominicano, que debería de regirse por un protocolo y donde deben aplicarse elevados niveles de profesionalidad. Se ha privatizado y corrompido a tal punto, que existe una connivencia y complicidad entre la clase política dominicana que ha ejercido el poder y estos grupos. Desconociendo el riesgo en el que se incurre al permitir el trafico de información, que más temprano que tarde terminara generando serias situaciones de seguridad nacional si no se toman las medidas de lugar y si no se controla esta adicción enfermiza a llevar vidas privadas y perder el tiempo escuchando conversaciones amatorias.

Mientras no se monitorea el crimen organizado, la corrupción y el narcotráfico que cada día más consumen nuestra sociedad, acaban con nuestra institucionalidad y arrastran a nuestro pobre país hacia la inversión de valores. ¡Tomemos medidas!

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